| El “subversivo” Studs Terkel |
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POR PABLO POZZI Hace un par de años el historiador sudafricano Sean Field escribió que la historia oral había dejado de ser subversiva[i]. Field se refería a que él consideraba que la historia oral era ahora aceptada en ámbitos del establishment académico y, por ende, había perdido parte de su promesa democratizadora. Escribió Field: “durante los años ochenta durante la lucha contra el apartheid, la historia oral y las instituciones de historia tenían intenciones radicales, no solo para criticar la manera en que las formas populares de conocimiento fueron silenciadas o marginadas por instituciones académicas y de archivo sino también para socavar políticamente el régimen del apartheid. Después, en el período posterior al apartheid a partir de 1994, muchos sudafricanos han sido capturados en una fiebre testimonial… en el contexto de Sudáfrica, la creciente aceptación y uso de la historia oral y de las metodologías basadas en testimonios, especialmente por instituciones gubernamentales, plantea la inquietante situación que podría ser utilizada para validar las nuevas narrativas maestras y marginar las voces críticas.” Realmente, el planteo es de lo más provocador y debería llamarnos a la reflexión en torno a las características de esta rama de la historia. Asimismo, deberíamos pensar en torno a qué implica ser “subversivo” en el campo intelectual y de las ciencias sociales. Por lo pronto digamos que, en el caso de América Latina, si bien hoy en día existe una mayor aceptación en ámbitos académicos, la historia oral dista mucho de haber ingresado al círculo aúlico de la profesión. A pesar de eso, ha perdido parte de su impulso subversivo aunque no de sus prácticas democráticas. Por esto quiero decir que la historia oral, en países como la Argentina, ha ganado en difusión y son miles los individuos que la practican. Estos practicantes pertenecen a todos los sectores y niveles: los hay académicos y también maestros y vecinos; los hay en instituciones formales y en comisiones de la memoria barriales. En síntesis, es una forma de hacer historia que permite quebrar, o desafiar, las tradicionales barreras académicas surgidas a principios del siglo XX. En este sentido, la historia oral contribuye a la “democratización” de la profesión de historiador. Al mismo tiempo, la aparente facilidad para construir fuentes orales ha llevado a una gran heterogeneidad de proyectos y a una banalidad en los mismos con escaso nivel analítico. En parte el problema deriva del hecho que la historia oral crece rápidamente y a saltos a partir de una aparente (aunque no real) posibilidad de ejercerla. La mayoría que es incorporada cree erróneamente que para hacer historia oral basta un grabador y alguien “interesante” para entrevistar. Esto plantea un desafío caótico a las organizaciones de este campo de estudios que tratan de dar profundidad y seriedad sin perder esa cualidad de incorporar a profesionales y a amateurs. Pero el problema de fondo es que la historia oral nunca fue subversiva. O mejor dicho, no es porque no lo puede ser. Ninguna disciplina tiene, por sí misma, la capacidad de socavar un orden establecido (en este caso el de la academia de la historia). Los que pueden ser subversivos son los historiadores, o sea sus practicantes. Estos toman y enfatizan aspectos particulares para desarrollar su propia visión política e ideológica de la Historia. En este sentido, la historia oral tampoco tiene elementos particularmente subversivos, o por lo menos no más de los que tuvieron la historia económica, la historia social, la “desde abajo”, o la de género en sus comienzos. Inclusive es notable la cantidad de historiadores marxistas cuya praxis profesional no se diferencia demasiado de la de historiadores con otras ideologías. Sin embargo, existe un aspecto de la historia oral que puede potenciar su uso para subvertir un orden establecido: las fuentes orales se construyen necesariamente en el vínculo entrevistador-entrevistado. Este vínculo social conlleva preguntas, exige respuestas, y lleva a replantear el viejo tema de ¿historia para qué? En aquellos casos donde el historiador se encuentra receptivo, encuentra un desafío a sus perspectivas profesionales e históricas y muchos de los criterios que recibió durante su formación. Por ejemplo, un atenta escucha a nuestros testimoniantes revela, indudablemente, que los historiadores tenemos tantos prejuicios y preconceptos como la persona a la que entrevistamos. De hecho, descubrimos que estos prejuicios muchas veces forman e informan nuestras interpretaciones que, hasta ese momento, pensamos como “científicas”. Lo anterior nos obliga automáticamente a profundizar y repensar las partes del análisis: o sea, nos aleja de una visión sociológica esquemática para regresar los estudios históricos a la dialéctica empiria-teoría-interpretación-nueva empiria-nuevos planteamientos teóricos-nueva interpretación. En síntesis, nos obliga a escuchar temas y preguntas históricas desde y para la sociedad y a recurrir (o desarrollar) herramientas teóricas que se basen en la praxis social, ya que comienzan en el punto de partida de la práctica del historiador: el ser humano, en sociedad, a través del tiempo. Un buen ejemplo de todo lo anterior fue Studs Terkel , quizás el más grande historiador oral de todos los tiempos y, a su vez, un gran subversivo. Terkel, que murió en Chicago hace dos años, fue uno de los dos historiadores más conocidos y populares de Estados Unidos (el otro fue Howard Zinn). Terkel escribió varias decenas de libros, entre ellos 18 que se basaban en las entrevistas que él hacía. Estos últimos son sencillamente maravillosos y permiten una visión de la sociedad norteamericana inigualable en ningún otro autor. Obras como Hard Times (1970), sobre la Depresión y sus consecuencias, o The Good War (1984), sobre la Segunda Guerra Mundial, o Working (1974), sobre la vida de los trabajadores norteamericanos, son profundamente subversivas en el sentido que cuestionan el consenso hegemónico del “sueño americano”. Más aun, su impacto no es que el cuestionamiento lo hace Terkel, sino que lo hacen los miles de norteamericanos que él entrevistó. Una de las cuestiones más notables de Terkel es que no era un historiador profesional, en el sentido de que jamás estudio historia y que no se desempeñaba en medios académicos. En realidad había estudiado Derecho, pero en la década de 1930 era difícil que un judío consiguiera trabajo como abogado, por eso solicitó ingresar al FBI, donde fue rechazado por judío una vez más. Desempleado y sin futuro trabajó en distintos oficios, incluyendo el de periodista deportivo (sin éxito), de anunciante en eventos musicales, y de actor. Eventualmente obtuvo un pequeño trabajo en la radio WFMT de Chicago. Esta era una radio de música clásica y folklórica, que incluía breves entrevistas a los artistas. Terkel fue empleado para hacer las entrevistas… las hizo durante 45 años y en el proceso emergió un gran entrevistador con muchísima empatía y comprensión de la cultura popular. En 1966 el gran editor de Pantheon Books, el socialista André Schiffrin, sugirió que Terkel utilizara sus entrevistas para hacer un estudio de los habitantes de una ciudad norteamericana. El resultado fue una de las primeras historias “desde abajo” cuando se publicó Division Street America en 1967, basada enteramente en las entrevistas que Terkel había reunido durante años. Division Street fue un éxito editorial e impulsó a Terkel a realizar numerosas otras y a encarar varios proyectos que realmente fueron uno solo: la historia oral de la sociedad norteamericana del Siglo XX. Terkel fue rechazado por la academia (hasta la década de 1990 cuando su popularidad finalmente obligó al reconocimiento por parte de la profesión) y adorado por millones de norteamericanos. Sin embargo, sus críticos tenían elementos de razón. Terkel basaba sus trabajos en empatía, comprensión, buenos temas y en una reivindicación del ser humano, pero al mismo tiempo tenía escasa técnica y comprensión de los problemas que surgían para el historiador. No estaba interesado en la veracidad o las implicancias para los procesos históricos de lo que le decían: él utilizaba sus entrevistas para pintar un inmenso mural donde se reflejaba la vida y la historia de los habitantes de Estados Unidos desde su perspectiva. Pero al mismo tiempo, y casi sin darse cuenta, subvertía buena parte del mundo intelectual de las últimas décadas del siglo XX. Los estudios de Terkel revelaban que la historia la hacen los seres humanos comunes; que estos son capaces de análisis y de reflexiones a veces más profundas que la de los profesores de Harvard; que las categorías “clase”, “género” o “raza” no son un problema teórico sino que existen en la praxis social; y, finalmente, que más allá de los debates posmodernos la metahistoria y las narrativas maestras existen en la interpretación de todo ser humano sobre la sociedad en la que viven y sobre su historia. Terkel gustaba pensar de si mismo como un agitador. Lo era, es indudable. Pero también fue un subversivo ya que reveló el protagonismo del ser humano común en la Historia. Su historia oral fue subversiva por que él lo[i] Sean Field, “De hijastra a anciana: ¿Se ha vuelto “respetable” la historia oral?”, IOHA Debate. URL http://www.iohanet.org/debate/?p=23
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