| ¡Es una herramienta, y por lo tanto depende de quién la use! |
|
|
|
POR MÓNICA GATICA[1] Su artículo resulta motivador, y me indujo a revisar, y poner en debate tópicos que frecuentemente suponemos lo suficientemente abordados, pero, que al pensarlos en clave comparativa, ciertamente vuelven a irrumpir y a demostrar la pertinencia de seguir discutiéndolos. En nuestro país los inicios de la Historia Oral son fundamentalmente en la década del 80, momento en el que se entabló un verdadero debate en el seno de la academia, al posicionarse en ese ámbito un colectivo de investigadores que abordaron especialmente la historia del movimiento obrero desde ésta óptica[2]; pero, ya en la década de los 90, comenzaron a desarrollarse estudios y debates en torno al significado de las memorias; aunque al cambiar de milenio, fue cuando se produjo una multiplicación de estos estudios, especialmente abocados a analizar lo acontecido durante los años de la dictadura militar. Así entonces en el último lustro asistimos a cierta reformulación, planteándose la pertinencia de la historia reciente, que por ejemplo ha llevado a definirla apelando a su carácter traumático -aunque por cierto es la dimensión temporal fundamental[3]-. En este sentido Franco y Levin sostienen que “es hija del dolor” (Franco y Levin, 2007:15) en tanto aborda especialmente investigaciones de los traumas o vestigios de las dictaduras más sangrientas en el caso latinoamericano. A pesar de estas redefiniciones, y de las especificidades que suponen, es la oralidad común y central en éste tipo de investigaciones[4], aunque también otros medios de registro están siendo utilizados. Más allá de las especificaciones puramente técnicas y metodológicas que debemos revisar, bien sabemos que los recuerdos y la memoria son imágenes, y así se corporizan en las palabras, por lo que los recuerdos se sitúan en una encrucijada de la semántica con la praxis, y es la disciplina entonces la que tiene la responsabilidad de confrontar su pretensión de verdad. (Rojas Mix, 2006:129) Nuestra disciplina, como la memoria son selectivas, pero esta última, especialmente la escrita, es una herramienta de dominación; debemos sortear los peligros que supone un pasado intemporal, mistificado que obtura la realidad, falseándola, falsificándola, deformándola. Bien sabemos que la memoria es una capacidad universal, sujeta a antagonismos y manipulaciones, pero especialmente remite al hecho, y a la capacidad humana de sobreponerse a una impronta estática, ya que permite la construcción de una elaboración simbólica y semántica, del pasado y del futuro.(Candau, 2002: 16). Comparando las producciones actuales con las de la década de los setenta, es posible entonces percibir un viraje sustantivo en torno de los presupuestos que sustentaban la Historia Oral; hoy ya no consideramos a los relatos como pruebas, sino que fundamentalmente perseguimos registrar las representaciones que los sujetos construyen acerca del pasado. Muchas veces nos enfrentamos sin embargo a una simplificación que deja de considerar las complejidades de cada proceso, lo que nos acerca al problema de la masificación de investigaciones de estas características, que ciertamente mucho tiene que ver con los encuadramientos de memoria, y los riesgos que supone la constitución de una memoria oficial. Tal vez entre los debates que menos se han entablado está la “fiebre testimonial” que se ha visto propiciada por el marco político del kirchnerismo, pero que por cierto hunde sus raíces incluso en la década de los 80; y aunque excede los límites de éste análisis, también deberían pensarse en las implicancias de un discurso que victimizó a los militantes, despojándolos de su carácter e identidad política e ideológica. Ciertamente sigue representando una suerte de idea democrática, en tanto es inclusiva, y mayormente incorpora a sujetos que serían excluidos en una historia más tradicional; pero no implica darle la palabra a quienes optaron por el silencio, ni intentar sortearlo con interpretaciones aleatorias, sino integrar en la interpretación todo el material reunido: las entrevistas realizadas y las rechazadas; los resultados obtenidos y las dificultades de la investigación. La historia no busca un saber indolente, sino marcas y rasgos para comprender nuestro presente, y construir un futuro más justo. Entonces, si trabajamos desde esta perspectiva, es porque nos permite comprender y documentar mejor temas básicos, posibilitando el conocer y entender cómo experimentaron, y manejaron distintas circunstancias los sujetos en que centramos nuestro análisis: redescubrimos subjetividades, valoramos los testimonios, y los transformamos en fuentes esenciales no sólo para comprender el pasado, sino buscando incidir en un presente que compartimos. Es extremadamente flexible, capaz de adaptarse a distintas condiciones y circunstancias, y si trabajamos con ella es porque nos permite obtener datos relevantes y significativos, superando a la información que nos puede proporcionar un documento más tradicional. Hay datos relativos a sus conductas, opiniones, deseos, actitudes, expectativas, que por su misma naturaleza, sería casi imposible registrar de otro modo; podemos frecuentemente detectar mentiras u omisiones, se pueden deformar o exagerar respuestas, pero los historiadores tenemos la posibilidad de controlar y validar el desenvolvimiento, sorteando obstáculos, conteniendo silencios, y cuantas veces llantos y dolores no saldados. Como bien ha sostenido Philippe Joutard, ya hemos respondido a los cuestionamientos epistemológicos: la historia oral ha alcanzado su madurez, haciendo de sus debilidades y fragilidad, justamente parte de su especificidad. (Joutard, 1999). Una cuestión bastante incómoda, e incluso ardua, es enfrentar la banalización y falta de profesionalización con la que se pretende instrumentarla: nos conmueve que colectivos de jóvenes motivados salgan con sus grabadores -o mp3, 4 o ya ni imagino a que versión puede apelarse-, dispuestos con las mejores intensiones para recuperar narraciones, pero, ¿eso es Historia Oral? ¿Acaso los nuevos soportes técnicos para la comunicación; las nuevas tecnologías que han dado lugar a múltiples repositorios; la infinita reunión de testimonios, han podido acabar con –lamentablemente- muchas memorias soterradas, o invisibles? Ya no desde una perspectiva romántica, pero ¿podemos contribuir a empoderar a sujetos con los que nos comprometemos? Sigo creyendo, y comparto con Pozzi que “(…) debemos utilizar no sólo las técnicas de la oralidad, sino sobre todo las del historiador, tomando todos los recaudos necesarios tanto al interrogar la fuente como al construir una explicación a partir de ella. Si no hay explicación, si no hay proceso, si el uso de la oralidad no sirve para explicar el proceso histórico, entonces el análisis puede ser válido y hermoso pero no es historia oral.” (Pozzi, 2008: 7-8). Trabajamos con un enfoque interpretativo que privilegia las experiencias y creencias, rescatando matices y prácticas sociales; reconstruyendo percepciones, y discursos, que permiten recuperar sujetos históricos colectivos que muchas veces han permanecido en la opacidad. Justamente nos alejamos del bronce, multiplicamos los sujetos y complejizamos el análisis. A partir de supuestos metodológicos, y con el aporte de distintas disciplinas, pero con la originalidad de preguntar y repreguntar que formulamos no sólo disconformes con el pasado, sino que trabajamos por un futuro más continente en el que no se reproduzcan las flagrantes violaciones acontecidas en el pasado, y en el presente en que interactuamos. El presente tiñe al pasado al decir de M. Pollak, (Pollak, 2006: 24 ) y el encuadramiento de la memoria entonces, es provisto por la historia. No intentamos conservar la memoria sin modificación, sino situar lo recordado en el presente. Dice Elvira Martorell: “No se trata del ejercicio de la memoria en el sentido de conservar sin modificación, sino de situar lo recordado en el presente para develar su significación actual y propiciar la emergencia de lo nuevo desde una interrogación que habilite la posibilidad de una crítica histórica. En la reapropiación del pasado, el presente se transforma.” (Martorell En Guelerman, 2001:149). Tratamos de conocer y comprender a aquellos que existieron antes de ser “ausentes de la historia”, militantes antes que muertos, desaparecidos, o desterrados (Ricoeur, 2004: 468); en definitiva: hacernos cargo de que la construcción narrativa siempre es responsabilidad del historiador, asumiendo el yo evoqué, yo hice el montaje. Creo que la narración no es una mera representación de los eventos de la historia; es en sí misma, un evento histórico; es algo que se construye en el transcurso del tiempo, y tiene consecuencias sobre las conductas colectivas e individuales. Trabajamos teniendo presente aquello que bien nos ha advertido Pollack, sobre la posibilidad de que el conocimiento histórico se contagie de la memoria, y sea tentado por los peligros de conformismos fijos, de sacralizaciones abusivas, de simplismos mediáticos, o por deplorables banalizaciones. El presente puede “teñir” el pasado, pero el encuadramiento corresponde a nuestra disciplina. (Pollak, 2006:24). La narración bien sabemos que no sólo da cuentas de algo que ha sucedido, sino que se constituye en sí misma como un evento, en tanto tiene efectos sobre los comportamientos colectivos e individuales. (Portelli, 2005:36) Bibliografía: Candau, Joel. (2002) Antropología de la memoria. Buenos Aires, Ediciones Nueva Visión. Franco, Marina y Levin, Florencia (compiladoras) (2007) Historia reciente. Perspectivas y desafíos para un campo en construcción. Editorial Piados SAICF, Buenos Aires. Joutard, Philippe (1999) Esas voces que nos llegan del pasado. Ed. FCE, Buenos Aires. Martorell, Elvira (2001) “Recuerdos del presente: memoria e identidad. Una reflexión en torno a HIJOS”. En Guelerman, Sergio (comp.) Memorias en presente. Identidad y transmisión en la Argentina posgenocidio. Grupo Editorial Norma, Buenos Aires. Meyer, Eugenia (1996) “América Latina, ¿una realidad virtual? A propósito del artículo de Dora Schwarzstein” en Taller, Revista de Sociedad, Cultura y Política, Vol 1 Nº2, Buenos Aires. 151-160 Mudrovcic, María Inés (2000) “Algunas consideraciones epistemológicas para una Historia del Presente” en Hispania Nova Revista de Historia Contemporánea. http://hispanianova.rediris.es/0306.htm Pollak, Michael (2006) Memoria, olvido, silencio. La producción social de identidades frente a situaciones límite. Ediciones Al Margen. La Plata. Portelli, Alessandro, (2005) “El uso de la entrevista en la historia oral” en Historia, memoria y pasado reciente. Anuario Nro. 20. Escuela de Historia Universidad Nacional de Rosario. Pozzi, Pablo (2008) “Mi historia: “para que algún día puedan ser libres” en Pasquali, Laura (comp.)(2008) Historia social e historia oral. Experiencias en la historia reciente de Argentina y América Latina, Homo Sapiens Ediciones, Rosario. Ricoeur, Paul (2004). La memoria, la historia, el olvido. FCE, Argentina. Rojas Mix, Miguel (2006) El Imaginario civilización y cultura del siglo XXI. Prometeo Libros. Buenos Aires. [1] Docente – Investigadora. FHCS- Sede Trelew UNPSJB. [2]Refiriéndonos a producciones argentinas, podemos citar, de Enrique Arrosagaray, Los Villaflor de Avellaneda de 1993; o de Hebe Clementi, Los ferroviarios que perdimos el tren: Chubut, Patagonia de 1989. Por cierto Clementi ha trabajado en esta perspectiva desde fines de los años setenta, y en la década del ochenta ya se suman investigadores con los cuales nos hemos formado, o bien hemos compartido nuestra vida académica: Pablo Pozzi, Ernesto Salas, María Caldelari, Cristina Viano, Alejandro Schneider, entre otros. Lo que me interesa destacar, es que existe un conjunto de historiadores que han dado cuenta de experiencias y movimientos que persiguieron transformaciones radicales de nuestras sociedades. En éste sentido, ya bien ha señalado A Portelli que buscamos aportar, pero no sólo recuperando la palabra de los que perdieron, -porque en ese caso seguirán perdiendo-; sino revisar y dar cuenta de que el siglo XX ha sido un período de atrocidades, pero también implico un tiempo de obtención de derechos, y de revoluciones como bien destacó en Junio de 1998, en la Xma. Conferencia de Historia Oral, en Río de Janeiro. [3] Ver Mudrovcic, María Inés. [4] Lo que sitúa a la Historia Oral en el centro de la escena, probando que ya ha sido legitimada, contando con especificidad, y remitiendo a problemas, preceptos, atributos, y rasgos distintivos, los que se evidencian especialmente a través de sus producciones ciertamente peculiares. Meyer ha sostenido que no es solamente un método, sino un movimiento, una herramienta de trabajo insoslayable para el análisis del pasado reciente y no tan reciente, y también un instrumento de denuncia, a lo que adherimos. (Meyer,1996:151).
|





















