Pensar la historia oral desde los desarrollos regionales PDF Imprimir
POR RUBÉN I. KOTLER
 

 

Yo pensaría las cuestiones planteadas por Sean Field en su artículo “De hijastra a anciana: ¿Se ha vuelto “respetable” la historia oral?”,  en función de la realidad Argentina bajo la óptica de lo que sucede en nuestra propia casa. No creo que en la evaluación sobre un estado actual de la historia oral se puedan hacer generalizaciones y mucho menos cuando buscamos un balance en el plano internacional. Muchas de las cuestiones planteadas por Field en algunas regiones de nuestro país, y hablo en concreto del Noroeste, ni siquiera llegan a ser expuestas. Haciendo un paralelismo con la cronología en la reflexión del historiador sudafricano, en el NOA estamos, cuando muere la primera década del S XXI, recién caminando por los años 60 / 70, empezando a perfilar los quiebres con la historiografía tradicional de los últimos ¿30 años? Esta es solo una hipótesis a demostrar, son reflexiones que escribo a la luz, como digo, de la experiencia local y desde una mirada absolutamente subjetiva. Las ideas que siguen, por lo tanto, no pretenden ser un estudio minucioso de un estado de la cuestión de la historia oral en la realidad local, si no más bien, apunta a contribuir al debate propuesto por Field y recogido por la Asociación de Historia Oral de la República Argentina.

Una mirada local, regional o continental debe ser el punto de partida para medir la situación en la que se encuentra hoy la historia oral en nuestros países y provincias, porque aún de fronteras adentro, los desarrollos han sido y son todavía “muy” desiguales. ¿Por qué es posible la Asociación de Historia Oral del Norte Argentino (AHONA) por ejemplo, en Tucumán y no en Salta, donde también hay grupos que están trabajando con alguna forma de historia oral? Por las influencias recibidas afuera por parte de una generación nueva en el campo de las ciencias sociales, generación que no se ha nutrido siquiera con los escasos referentes locales. Quizás si hubiéramos echado raíces en casa ni siquiera hubiéramos avanzado en el camino lo poco que hemos avanzado. Lo que la reflexión de Field sitúa en tiempo pasado: “La historia oral también enfrentó diversas críticas, algunos describían la historia oral como "poco fiable" o como la "hijastra" de la academia”, en el NOA, es tiempo presente.

No creo que la historia oral todavía esté totalmente integrada y aceptada plenamente aún en los países pioneros en el campo. Incluso tendríamos que pensar si existe realmente algo llamado historia oral y en todo caso qué diferencia habría entre ésta y otro tipo de quehacer historiográfico. Me quedo con los conceptos vertidos por Pablo Pozzi en Tucumán el primero de julio cuando lanzamos la asociación regional de historia oral, AHONA: “no hacemos historia oral, hacemos historia y usamos las fuentes orales cuando el tema así lo requiere , como usamos cualquier otro tipo de fuente que esté a nuestro alcance”.

En un momento de la reflexión Field asegura estar impaciente “por saber si los historiadores de otros países, especialmente de las sociedades pos-autoritarias están luchando con dinámicas de la memoria similares o diferentes a aquellas con transición socio-política hacia la democracia”. La respuesta es, simplemente, afirmativa. Pero debemos pensar que el desarrollo en cada región se da con dinámicas propias, siguiendo las perspectivas locales y con los anclajes propios de cada lugar o institución. Por esto estimo, deberíamos comparar de manera más rigurosa, cómo son o cómo han sido las investigaciones en países europeos, en Sudáfrica y en América Latina, y aún dentro de América Latina, qué diferencias hay o ha habido en cada uno de los países. Aunque los historiadores estén aún en la batalla por las “memorias” respecto de los pasados dictatoriales, no implica que esa batalla sea la misma en cada país, provincia o incluso en instituciones que llevan adelante la reflexión sobre el pasado reciente en proyectos de investigación que procuran dar sentido al pasado reciente. Vale destacar el interrogante planteado, por ejemplo,  acerca de si existe o no una historia oral latinoamericana. Cada investigador debería proporcionar su propio testimonio sobre qué está haciendo, cómo lo está haciendo, y qué dificultades encuentra ¿pensar en reflexionar en voz alta” para ver nuestras propias percepciones acerca de nuestra profesión y el camino elegido en la materia? A mi modo de ver, sería lo más saludable comenzar a abrir estos debates ampliando en todo caso los espacios de discusión que suponen los congresos a otras etapas intermedias como seminarios, talleres o foros donde se discutan determinados tema, aún invitando a quienes no creen, entre otras cosas, en el uso de las fuentes orales, a que participen y se animen a exponer sus “peros”: el debate debe abrirse a toda la academia, aún a riesgo que la historia oral sea sí, tratada como una hijastra  o, en el  peor de los casos, como una hija bastarda de la disciplina historiográfica. Pero sin abrir este debate seguiremos pensando que existe todavía una necesidad de autojustificación sobre nuestro quehacer, como si todavía tuviéramos que rendir cuentas sobre la validez de nuestros trabajos.

Field se pregunta si la respuesta no será la forma de continuar las tradiciones radicales de la historia oral a través de desarrollarla en una “disciplina” como ha sido planteado en Brasil. Aunque él reconoce que esto tiene dimensiones paradójicas, en lo personal no creo que ésta sea la salida, sino, corremos el riesgo de crear un gueto cuando en realidad la historia oral aporta en la construcción de otra forma de hacer historia, pero que no difiere demasiado de la forma tradicional ¿o no hacemos del resultado de las entrevistas un análisis crítico y las sometemos a criterios de veracidad y triangulamos éstas con otros tipos de fuentes? De hecho, sí creo que se ha contribuido desde la historia oral a complejizar la tarea investigadora, abriendo más puertas a la interdisciplinariedad y profundizando aún más el ejercicio del historiador. No creo que pretender ser una “disciplina” aparte, sea la salida. Tampoco creo que sea posible.

Se pregunta Field: ¿Es el miedo a olvidar lo que impulsa el deseo de recordar, o quizá al contrario? ¿Podría ser que un exceso de memoria en nuestra cultura cree esa sobrecarga que el mismo sistema de memoria esté en peligro de explotar, impulsando así el miedo de olvidar?

La respuesta que ensayemos tendrá que ver con el contexto del desarrollo de la historia oral. Otra vez vuelvo a sitiar lo geográfico para pensar cada experiencia de acuerdo al marco en el que cada historiador o historiadora se desenvuelve. No caben dudas que la recuperación de determinadas narrativas sobre el pasado reciente tiene que ver con una batalla política, aún en los círculos académicos. El qué recordar, el cómo hacerlo, no está exento de ideología. La batalla que dan en este sentido los “historiadores orales” tiene que ver con varios frentes: el académico es uno de ellos, pero también el de las administraciones estatales, quienes “usan y abusan”, en términos de Todorov, del recuerdo del pasado para elaborar una legitimación propia. La aseveración de Montenegro acerca que el hacer historia oral es una cuestión de “vida o muerte”, en estos contextos, cobra sentido. Y si la tecnología a nuestro alcance nos permite guardar una serie de fuentes que de otra manera resultaría imposible, para que en un futuro próximo esto que es historia contemporánea resulte la revisión del pasado, bienvenido sea. El problema nunca será la tecnología sino el uso que hagamos de ella. ¿Y si Heródoto hubiera contado con una grabadora digital para almacenar cientos de entrevistas? Con esto comenzamos a responder a la siguiente cuestión planteada en el debate.

Porque es cierto que un grabador digital hace más fácil la grabación y la copia, y también el “borrar la grabación”. Pero no es menos cierto que en algún punto complejiza la tarea. Quizás haya una sobre utilización de la tecnología y se termina creyendo que grabar un fragmento de entrevista en un teléfono celular es “hacer historia oral”. Así como el cine se preocupa por las producciones digitales (que las hay y de todo tipo) también debemos pensar cómo usamos la tecnología, cómo almacenar una entrevista, como transcribirla y qué hacer con lo almacenado. Esto último creo que resulta de fundamental importancia, pues ¿es acaso un disco rígido lleno de audios de entrevistas un archivo? La respuesta parece evidente, sin embargo puede prestar a confusión. Hay que comenzar por aclarar qué es cada cosa y buscar estándares que nos sean comunes a todos, más allá del país o región donde trabajemos. En esto debemos profundizar los debates de nuestra propia práctica y ser concientes que aún con la proliferación de tecnología digital esta tampoco llega a todo el mundo. Todavía vemos investigadores “independientes” que trabajan sin subsidio alguno, grabar en casette de cinta y una vez realizada la grabación no cuentan con los recursos suficientes para realizar, por ejemplo, la transcripción del audio.

En la siguiente cuestión Field expone que “mientras la memorización es crucial especialmente para sociedades que acaban de pasar un conflicto, también lleva el riesgo de “fosilizar” las memorias individuales y colectivas en libros, monumentos y archivos”. Yo creo que siempre será mejor fosilizar algún tipo de memoria que dejar que el Estado establezca su propia narrativa, la cual conlleva olvido y hace que grandes sectores se vuelquen otra vez a tendencias autoritarias. Vuelvo a las experiencias del Norte en Argentina, donde claramente la academia ha “descuidado” (valen las comillas) el estudio de la dictadura y la transición y esto permitió no solo que no se debata de puertas hacia fuera de la academia, sino que lo que se había “fosilizado” en todo caso, era el autoritarismo que regresaba con un ropaje pseudo democrático. Hablo en concreto de la experiencia de Tucumán, donde en 1995 pudo acceder a la gobernación un ex represor que había gobernado la provincia en los años de la dictadura siendo uno de los principales responsables de la desaparición forzada de personas. En los años 80 y 90 las producciones sobre el pasado reciente de Tucumán no solo eran escasas, si no que prácticamente no existían.

Afirma Field categóricamente: “yo admiro a aquellos historiadores sociales que no se limitan a grabar las historias de sus informantes sino que van más allá creando profundas relaciones de colaboración con ellos. Me gustaría mucho escuchar más acerca de estos proyectos, que sospecho que están ocurriendo en varios contextos nacionales a lo ancho y largo del globo pero que raramente se escuchan pues tienden a ocurrir al margen de las instituciones académicas.” Otra vez me remito al Noroeste argentino donde no existen experiencias de esta naturaleza, al menos no dentro de la academia, la cual mira desde adentro de un archivo, en el mejor de los casos, y desde las cátedras o “círculos de café” en la mayoría de las veces, lo que sucede en el afuera. Los proyectos que van en el sentido de confundirse con la sociedad en una relación dialéctica son individuales o en el mejor de los casos de alguna ONG.

Me pregunto, expone Field, si los historiadores orales internacionales han debatido de manera suficiente y respondido a la crítica post-estructural de la historia oral como culpable de logocentrismo, es decir, de dar primacía a las palabras sobre las imágenes.

En este punto creo que hay una tendencia que va cambiando, y no solo de parte de los historiadores orales. Ha habido cada vez más trabajos en los congresos, al menos en Argentina, donde la imagen, lo audiovisual, y otros tipos de fuentes han sido puestas en consideración. Basta mirar la cantidad in crescendo de producción documental o de otra índole, donde el análisis de la imagen, de la fotografía, etc resulta fundamental. Por lo tanto no estoy de acuerdo con que demos primacía a las palabras, aún así, debo reconocer que desconozco las experiencias de otros colegas en otras partes del mundo más allá de alguna bibliografía. Sin embargo creo que ningún cientista social que elija trabajar con fuentes orales trabajará solo con éstas, por el contrario creo que quienes han aceptado el desafío de buscar en el testimonio oral una fuente de estudio, estarán más dispuestos a indagar otras fuentes menos tradicionales. Se ha hecho propia la expresión de Vezzetti sobre “los soportes materiales” de la memoria. Quizás nos falte una reflexión mayor en este campo, pero que existe y va en aumento es indudable.  Esto además se puede verificar claramente en algunos sitios webs donde dan cuenta de determinados proyectos y todos, o casi todos ellos, apuestan a la imagen o en trabajos como los de Rosenstone, quien reflexiona sobre los vínculos entre el cine y la historia.

Sobre las respuestas que ofrece Field comparto la idea de tener que ser “militantes” en el campo. En la medida que en determinados espacios la historia oral siga sin ser aceptada plenamente (hablo de instituciones pero también me refiero a espacios geográficos muy concretos) no caben dudas que los historiadores deben ser activistas intelectuales y no deberíamos tener miedo en expresarlo. Pero sería deseable que, aún en aquellos lugares donde la historia oral es aceptada y haya revolucionado o “subvertido” a la historiografía tradicional, los historiadores orales sean activistas intelectuales y no caigan en el aburguesamiento que supone la academia, sino de nada servirá narrar otra historia y permitir a la gente que cuente, en términos de Portelli, lo que creyó estaba ocurriendo y lo que quiso que ocurriera.

¿Qué sentido tienen estas preguntas y argumentos para la IOHA?, se pregunta Field en función de la propia asociación internacional. Esta misma pregunta debemos asumir nosotros mismos para nuestras realidades locales. Qué sentidos tienen para AHORA en Argentina, para la ABHO en Brasil, etc. El sentido lo seguirán dando los debates que se puedan abrir, en el plano internacional la apuesta de Field es que en Praga se puedan discutir. Creo que a nivel continental, en América Latina, y dada la coyuntura actual, el debate debemos plantearlo en los encuentros regionales. Algo de esto hubo en Octubre en Buenos Aires, algo podría haber y sería recomendable que así fuera, en Abril en Recife.

 
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